escribo y exploro y leo poesía.

lunes, enero 12, 2026

Amanecer



Te das cuenta de que el amanecer es una maldición pues cada vez que llega tienes que cortar de tajo tus sueños. Como si fueran telas de araña cuya estructura se rompe con un ligero movimiento del dedo, sin esfuerzo. Investigas, y descubres que el mejor lugar para residir está en el norte de Noruega. Un pequeño archipiélago llamado Svalbard donde el sol no aparece durante cuatro meses. Oscuridad total. La noche más larga de mi vida, piensas, y te convences de que es ahí donde quieres dormir.

    Te excita imaginarlo: no habrá amanecer; cerrarás los ojos con la confianza de que cada una de esas historias fabulosas que inventa tu subconsciente y en las que la lógica no hace presencia podrá concluir sin interrupciones artificiales. Serás capaz de conocer el final. Siempre has odiado los cuentos que no tienen uno, y aborrecido los pazos breves de la duermevela y el insomnio.  Por fin te sacrificarás a Morfeo como se ofrecen al fentanilo quienes ya no tienen razón de existir y experimentarás lo que los animales sin conciencia experimentan cuando llegan al orgasmo: nada. 
    Sabes que en tu cuenta de banco hay los suficientes recursos para emprender el viaje y sobrevivir el tiempo que sea necesario. Treinta años de comparecer a la oficina a las ocho en punto de la mañana, ni un segundo después; de checar tarjeta y quedarte un poco más tarde que los demás a la hora de la salida para que el jefe se convenza de que eres un trabajador ejemplar, y de acudir sin falta a las reuniones, las conferencias, las fiestas de fin de año y el cumpleaños del gerente en turno, tuvieron su recompensa: te jubilaste antes que muchos y mereces tu sueño.
    No te sientes cómodo en internet así que vas a una agencia de viajes para realizar el trámite. La dependiente se asombra al escuchar el destino al que pretendes llegar, pero tú hablas con la seguridad de quien nunca se ha preguntado nada a sí mismo ni siquiera frente al espejo. El viaje es largo. Veintidós horas de vuelo más cuatro escalas en ciudades europeas que sólo conoces por las series de televisión y unos cuantos libros que han pasado por tus manos. Nunca has podido dormir en los aviones ni en los aeropuertos: tú necesitas un espacio privado, en silencio y oscuro, así que acumulas horas para invertirlas en esa larga noche que te espera. Hace frío al llegar. 
    El paisaje polar es de un blanco que quema los ojos en la oscuridad de la noche y te parece terreno fértil para la imaginación. Sonríes, y suspiras, y llegas al hotel, y te registras con prisa, y subes al segundo piso, y el elevador es lento, y no te importa, y usas una tarjeta electrónica para abrir la habitación, y enciendes las luces, y te desvistes, y te pones el pijama, y alistas las cobijas, y acomodas la almohada, y te sientas en el borde de la cama.
    Te sientas en el borde de la cama para darte cuenta de que lo hiciste del lado incorrecto. El izquierdo. Nunca te sientas del lado izquierdo. Sólo cuando te dan los terribles ataques de insomnio que duran meses y en los que apenas logras cerrar los ojos para presenciar el comienzo de las historias. Nunca una completa.
    A esperar el amanecer.

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